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El califato islámico; Antecedentes (11 de Enero de 2017)




Acto nº 108
Tipo de acto Tertulia
Fecha 11 de Enero de 2017
Lugar Cercle Artístic de Barcelona
Titulo El califato islámico; Antecedentes (11 de Enero de 2017)
Realizado por Xavier MÁS DE XAXÁS, Licenciado en Ciencias de la Información. Licenciado en Historia Contemporánea. Corresponsal Diplomático de LaVanguardia.


Except:




¿Ha comenzado la Tercera Guerra Mundial?

El califato islámico. Antecedentes

Xavier Mas de Xaxàs

A los yihadistas del Estado Islámico (EI) les gustaría que el origen del actual conflicto lo situáramos en la Edad Media, cuando el cristianismo frena el avance del islam en el sur y este de Europa y se inician las cruzadas para reconquistar Jerusalén.

Creo, sin embargo, que es mucho más práctico situar el origen más cerca de nuestros días. Y a mi entender hay dos hechos relevantes en el siglo XX que ayudan a explicar el origen de este grupo armado que los árabes denominan Daesh y que se ha expandido, a través de alianzas con otras organizaciones terroristas, por varios países africanos y también en Filipinas.

La primera de estas causas sería la alianza que Estados Unidos cierra con Arabia Saudí al acabar la Segunda Guerra Mundial. Si los árabes garantizan un suministro estable y a un precio razonable de petróleo, los americanos protegerán siempre a la casa de los Saud. Esta relación de Washington con el régimen wahabita, defensor de una visión ultraortodoxa del islam, ha contribuido a expandir el yihadismo. Al Qaeda nace en Arabia Saudí y se hace fuerte en Afganistán. Osama Bin Laden, líder fundador de Al Qaeda, era saudí, igual que la mayoría de los terroristas del 11-S.

La segunda causa está en el golpe de Estado de 1968 en Irak. El país pasa de ser un amigo de Occidente a ser una república árabe y baasista, más próxima al movimiento de los no alianeados. Socialismo y panarabismo son los ejes de este movimiento político. Sadam Hussein alcanza la presidencia de Irak en 1978. La minoría suní gestionará desde entonces los asuntos políticos y económicos, además de controlar la seguridad.

Un año después, en 1979, cae el sha de Persia. Irán deja de ser aliado de Occidente y se convierte en una república islámica. En apenas dos años y en plena guerra frí, EE.UU. ha perdido a dos aliados en una zona clave para sus intereses económicos.

La política exterior norteamericana estaba entonces dominada por el realismo. Kissinger, padre esta escuela, defendía a dictadores amigos siempre y cuando ayudaran a mantener el equilibrio geoestratégico. La caída de las monarquías en Irán e Irak obligaba a Washington a buscar un entendimiento con los nuevos regímenes, pero desde 1976 esta ya no era la estrategia de la diplomacia americana.

El presidente Jimmy Carter anteponía la defensa de los derechos humanos y de los valores judeocristianos. Intentó resolver la crisis de los rehenes por la fuerza y fue un fracaso que le costó la reelección.

La llegada de Reagan a la Casa Blanca en 1980 cambia las cosas. Defiende un neoconservadurismo que reescribe la relación entre la fuerza y el bien. Quiere hacer olvidar Vietnam, recuperar la ilusión del pueblo americano. Lanza un órdago a la URSS, que acaba ganando.

La diplomacia estadounidense recupera el realismo y, frente a la dictadura de los ayatolas, Reagan recupera la vieja práctica de contar con un aliado de la misma calaña. En este caso, Saddam Hussein. EE.UU. apoya la guerra de Irak contra Irán que causa un millón de víctimas, entre muertos y heridos, y acaba en tablas.

Hussein siente que EE.UU. le debe un favor y masacra a kurdos y chiíes sabiendo que en Washington nadie le dirá nada.

Hussein gana confianza y decide “recuperar” el emirato de Kuwait. Es 1990. La Casa Blanca la ocupa George Bush padre. El “rais” iraquí entiende que aquel territorio le pertenece. Al fin y la cabo, siembre ha defendido un panarabismo que denuncia las fronteras que, sobre los restos del imperio Otomano, diseñaron las potencias que ganaron la Primera Guerra Mundial.

Los saudíes se sintieron amenazados y Bush acudió en su ayuda. La primera guerra del Golfo (1990-1991) supuso una derrota en toda regla de Saddam Hussein. Bush, sin embargo, desoye las opiniones de muchos generales, y decide no llegar hasta Bagdad. El régimen iraquí, que había preservado intactas importantes unidades militares, reprime la rebelión de chiíes y kurdos.

Saddam Hussein se convierte en el gran enemigo de Occidente. Su reacción es abrir la puerta al islamismo. El gran defensor del arabismo laico se echa en manos de la religión. Levanta en Bagdad la mezquita más grande del mundo. Los minaretes imitan la forma de los fusiles AK-47. Las sanciones económicas de la ONU no frenan su deriva paranoica pero diezman a la clase media iraquí. Toda la sociedad se empobrece. La mortalidad infantil se duplica.

Saddam Hussein resiste y se convierte en un triunfador moral para muchos suníes. Es un héroe para la juventud y los intelectuales árabes. Lo admiran cuando expulsa a los inspectores de la ONU que buscan armas de destrucción masiva, cuando saca pecho nacionalista frente a las sanciones. Entre ellos está Ibrahim bin Awad, alumno de la Univeridad islámica que el régimen ha abierto en Bagdad. Procede de una familia de imanes y estudiosos del islam. Pertenece a la tribu Bobadri, emparentada con la tribu Qurayshin del profeta Mahoma. Hoy lo conocemos por su nombre de guerra, Abu Bakr al Bagdadi, líder del Estado Islámico.

La leyenda de Saddam Hussein se agranda aún más bajo los misiles de crucero que caen sobre Irak en 1998. El presidente Bill Clinton, acorralado por el caso Lewinsky, y en contra del parecer del Congreso, defiende los ataques. También impulsa una ley para la liberación de Irak que han redactado los neonconservadores.

Clinton basaba la diplomacia en las relaciones comerciales. Presidió una época de prosperidad económica y expansión comercial. EE.UU. era la nación indispensable. Acabada la guerra fría, muchos creían que la historia se había terminado. Clinton quería construir un mundo más parecido a EE.UU. y su arma principal era el poder blando del comercio y la cultura estadounidenses.

Sin embargo, los demócratas pierden el control del Congreso. Los republicanos aprovechan el desliz del presidente con una becaria para lanzar una campaña de

desprestigio que acaba con un procesamiento político (“impeachment”). Clinton se defiende y gana el proceso pero por el camino se ve obligado a renunciar a su visión del mundo.

Los neoconservadores imponen su agenda. Desde 1992 tenían una hoja de ruta. La llamaban Guía de Planificación de la Defensa. Definía la estrategia política y militar después de la guerra fría. Dick Cheney, secretario de Defensa con Bush padre, y Paul Wolfowitz, uno de los principales estrategas conservadores, estaban detrás del documento. El objetivo era impedir que surgiera otro adversario al poderío norteamericano. Preocupaba el auge de Europa (Alemania, especialmente) y de Japón. Había que mantener alto el gasto militar y recelar del multilateralismo.

Cuando Bush hijo gana la presidencia en el 2000, Dick Cheney se convierte en vicepresidente de EE.UU. Un año después, los atentados del 11-S sacuden el orden mundial.

La Administración Bush elabora en el 2002 una Estrategia de Seguridad Nacional que se basa en la Guía para la Planificación de la Defensa de 1992. El objetivo ahora es controlar Irak y mantener el acceso al petróleo. Se impone un mesianismo neoconservador, el convencimiento que se puede construir en Irak un Estado de derecho, una democracia modélica que será un ejemplo para toda la región. El éxito de Irak impulsará una transformación radical del mundo árabe que se alineará para siempre con Occidente.

EE.UU. invade Irak en el 2003. Saddam Hussein es derrotado. El Estado iraquí, desmantelado. En su lugar, EE.UU. se propone crear una nueva administración y un nuevo ejército. Encarga la misión a Paul Bremer III, nuevo gobernador de Irak.

Sin militares ni funcionarios en activo –la purga de baasistas alcanza a todos los estamentos de la Administración-, Irak se desmorona. No hay autoridad. El terrorismo y los saqueos se imponen.

Bremmen ha expulsado a los suníes de la administración sin tener en cuenta las consecuencias. Los americanos, encerrados en la Zona Verde de Bagdad, cambian el nombre de los edificios y las autopistas. Ejecutan a Saddam Hussein. Quieren borrar las huellas del antiguo régimen cuanto antes. El país se desmorona. Reina la anarquía.

El norte de Irak queda en manos de los kurdos, aliados de EE.UU. desde los años 90. El centro queda en poder de los suníes, mientras que el chiísmo domina el sur y amplias zonas del centro, incluidos muchos barrios de Bagdad como ciudad Sader. Su líder es el imán Muqtada al Sard.

Al Bagdadi, que había estudiado el islam gracias a “la campaña de la fe” que lanzó Saddam Hussein en los años 90, es uno de los muchos suníes que se rebelan contra el dominio estadounidense que tanto les perjudica.

El ejército estadounidense combate a la insurgencia suní y acaba deteniendo a Al Bagdadi. Como tantos otros líderes de este movimiento, Al Bagdadi es encerrado en la prisión de Camp Bucca. Allí pasa once meses, entre el 2004 y el 2005. Aquel centro de detención era una universidad yihadista porque allí estaban jefes militares y otros altos

funcionarios de Saddam Hussein con ganas de venganza. Uno de ellos es Abu Muslim al Turkami (ex jefe de la inteligencia militar de Saddam Hussein) y Abu Ali Al Anbari (ex general del ejército iraquí), que acaban teniendo puestos clave en el Estado Islámico.

EE.UU. deja en libertad a Al Bagdadi y el resto pensado que ya se habían reciclado y que contribuirían al nuevo y democrático Irak.

Sucede todo lo contario. Al Bagdadi era un líder religioso, político i militar. Tenía más autoridad en Irak que el propio Bin Laden. Su idea es recuperar el califato cien años después de la caída del imperio y del califato otomano.

Lo primero que hace la insurgencia suní, con gente como Al Bagdadi, Al Anbari y Al Turkami, es asociarse con Al Qaeda. Esta alianza se mantiene a partir del 2005.

Bin Laden es asesinado en el 2011. Al Bagdadi se enfrenta a Al Azwahiri, nuevo líder de Al Qaeda. Al contrario de lo que opinaba el jefe de Al Qaeda, Al Bagdadi cree que ya están listos para proclamar el califato. Durante los siguientes tres años se dedicará a crear células terroristas en Irak y Siria. Eran células durmientes. Estaban preparadas para actuar. Esperan la orden de hacerlo.

El momento llega en el 2014. EE.UU. había retirado tropas de Irak. El ejército y la administración iraquíes eran una caricatura. La ineficacia se unía a la corrupción.

Al Bagdadi aprovecha el descalabro del régimen de Bashar el Asad en Siria para ocupar amplias zonas del país. También ocupa el norte de Iraq, hasta Mosul, la segunda ciudad del país, que cae en junio del 2014.

El Estado Islámico devuelve a los suníes la relevancia que habían tenido con Saddam Hussein. Han renunciado al laicismo baasista. Han recuperado la fe religiosa. Tan infieles son los cristianos como los chiíes. De la noche a la mañana, estos insurrectos borran la frontera colonial entre Siria e Irak y ocupan un territorio tan grande como el Reino Unido, con ocho millones de habitantes. Aquí se establece el califato, con Al Bagdadi al frente.


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