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Los documentos sobre la colaboración de Franco en el holocausto




Acto nº 69
Tipo de acto Coloquio
Fecha 23 de Marzo del 2015
Lugar Ateneo de Madrid
Titulo Los documentos sobre la colaboración de Franco en el holocausto
Realizado por Eduardo Martín de Pozuelo, Licenciado en Ciencias de la Información y Periodista de investigación de La Vanguardia


Except:

FRANCO, EL GRAN IMPOSTOR

El dictador español logró ocultar que fue cómplice activo del Holocausto y que tuvo en su mano la oportunidad de salvar a miles de personas

Hitler estuvo detrás de la preparación del Golpe de 1936

Eduardo Martín de Pozuelo Dauner Periodista y escritor

Los libros en los que traté este tema: Los Secretos del Franquismo, Editorial Libros de Vanguardia El Franquismo, cómplice del Holocausto, Editorial Libros de Vanguardia La Guerra Ignorada. Editorial Debate

Francisco Franco siempre se refirió públicamente a un impreciso peligro procedente de no se sabe dónde, pero en cualquier caso del extranjero, en el que judíos, masones, comunistas y ‘rojos’ en general formaban un cóctel de enemigos que atacaba sin descanso a la ‘nueva’ España surgida de su victoria en la guerra civil de 1936-1939. Obsesionado toda su vida con la idea de un contubernio antiespañol se refirió una vez más al mismo en su último discurso de 1 de octubre de 1975, poco antes de morir y tras haber firmado unas cuantas penas de muerte. Resulta curioso pensar que Franco padecía un parkinson muy notorio en las filmaciones de aquella su última intervención pública, que le hacía temblar su mano invariablemente excepto –se diría- cuando le tocaba firmar penas capitales.

El caso es que en España siempre se supuso que aquella reiterada idea-frase suya sobre un “contubernio comunista judeo masónico” que atacaba su régimen formaba parte de una obsesiva retórica personal cuya repercusión real tal vez eran las represalias masivas de postguerra, por otra parte desconocidas por el grueso de la entonces paupérrima ciudadanía española. Sólo en el presente, con las indagaciones de las diferentes asociaciones de la Memoria Histórica hemos vislumbrado que hubo tantos muertos durante la Guerra Civil como después de ella. Como me dijo un viejo campesino de Teruel mientras preparaba unos reportajes para La Vanguardia: “en España hay más muertos fuera que dentro de los cementerios”. Pero ese asunto, el de las represalias de postguerra en suelo español, es una cuestión que podíamos intuir, vislumbrar y hasta conocer aunque no fuera en toda su dimensión.

Sin embargo hay otra matanza que no podíamos ver de ninguna manera. Era secreto de Estado y sucedía en el extranjero de modo que mientras aconteció y aún después pasó completamente inadvertida y más tarde logró hacerse invisible para reaparecer reconvertida como la gran mentira consistente en que Franco salvó a miles de judíos durante la II Guerra Mundial. Una farsa que ha calado tan hondo y que se construyó con tanto acierto que muchos judíos suponen de buena fe que le deben la vida al dictador. No fue así.

Documentos secretos desclasificados fundamentalmente de Estados Unidos (Washington, NARA), del Reino Unido (Londres) y de Holanda (Ámsterdam) muestran a un Franco admirador del nacionalsocialismo, antisemita y judeófobo (sin retórica) y colaborador activo del Holocausto. Se trata de papeles secretos acusadores, muchos nazis y otros españoles y de otras nacionalidades que muestran la realidad de un impostor que, habiendo colaborado con los nazis, logró vivir y morir sin que nadie le relacionara con el mayor genocidio de la Historia.

La investigación periodística que conduce a la complicidad de Franco en el Holocausto, insisto, periodística, la comencé en 2004 en busca de algún elemento nuevo para publicar en mi diario con motivo de los 30 años de la muerte del dictador. Se trataba de encontrar algún elemento histórico distinto que nos diferenciara del resto de la prensa en el supuesto de que todos preparábamos reportajes en el mismo sentido. El resultado fue inesperado y lo que en principio era un viaje relámpago a los NARA se convirtió en un peregrinaje por todos los archivos mencionados en los que encontré (y debo admitir que fue un rastreo ínfimo ante la magnitud documental de lo que hay guardado) más de 30 kilos de documentos interesantísimos. La consecuencia del estudio de la documentación hallada fueron tres larguísimas series de reportajes en La Vanguardia que fueron premiadas internacionalmente y tres libros, el último de ellos dedicado básicamente a la complicidad de Franco con la Shoah.

En este libro muestro la oferta que los nazis hicieron a Franco, reiteradamente, con insistencia, para que aceptase la entrega de un número indeterminado de judíos de toda Europa antes de llevarlos al exterminio. ¿De qué número de seres humanos estamos hablando? Algunos historiadores, por ejemplo de la universidad de Tel Aviv, con los he conversado sobre este extremo dicen que Hitler debió ofertar los Spanicher Juden (judíos españoles) que debían estar en posesión de cierta documentación española lograda en virtud de un decreto de 1924 por el que los judíos de origen sefardita podían solicitar la nacionalidad española. Y también argumentan que Eichmann se habría opuesto a un envío masivo de judíos a España. Pero no estoy de acuerdo con ninguno de los dos supuestos.´

Los documentos a los que me he referido muestran que la oferta de entrega afectaba, de haber aceptado Franco, a cientos de miles de personas. Veamos. De la conferencia de Wannsee (enero de 1942) emanó un censo nazi que cifró en aproximadamente 11 millones los judíos que vivían en el territorio que los nazis consideraban la Gran Alemania y que querían “limpiar” étnicamente de inmediato, deportando a judíos y otros minorías en las peores condiciones posibles para que de este modo ya fueran muriendo de causas naturales antes de aplicarse en el peor de los genocidios conocidos. Fue en ese marco en el que surgió la oferta del Poder nazi al íntimo amigo Franco y aunque se mencionan a los spanicher juden en muchos de los documentos que generó esta esta oferta humana se hace referencia a habitantes de zonas geográficas donde los asquenazíes eran más numerosos que los sefarditas. Por es lícito pensar que los nazis, dispuestos a eliminar a los judíos a cualquier precio, calificaron de ‘judíos españoles’ a los que vivían bajo una línea geográfica imaginaria que englobaba Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Francia, Grecia y países balcánicos sin entrar en mayores precisiones genealógicas. Incluso no se puede olvidar que hay mención de entrega referente a los judíos que vivían en “los nuevos territorios”, es decir, en Polonia. Con estos parámetros referidos a la oferta nazi a Franco podemos valorar que Hitler y Franco hablaban, como mínimo, de cientos de miles de personas ya que pensar en cifras mayores produce demasiado vértigo.

Y una reflexión sobre Eichmann. Los papeles que forman el cuerpo de una parte esencial de la investigación que recojo en el libro El Franquismo, cómplice del Holocausto, permiten convencerse que Eichmann no hubiera podido oponerse a la directiva de Estado procedente de Hitler y refrendada por Himmler aunque se tratase de un asunto tan delicado como el de un envío masivo de judíos a España. Eichmann era un eficiente alto funcionario de la logística criminal del llamado departamento de asuntos judíos que llegado el momento no le importó negociar con los aliados por orden de Himmler (me refiero al el tremendo caso de Joel Brand al que dediqué una larga serie de reportajes en La Vanguardia). Eichmann obedecía a ciegas y es obvio que hubiera enviado a los judíos a donde se lo hubieran ordenado.

La documentación oficial que dejó en herencia el nazismo no deja lugar a dudas de que Franco fue tratado como un amigo, como un aliado muy especial del III Reich. Tanto que el Eje europeo lo constituyó Berlín, Roma y ¡Madrid! El resultado de esta estrecha relación bélico-ideológica entre el franquismo y el nazismo fue la reiterada oferta de judíos para que el dictador español decidiera sobre ellos. Franco los abandonó a su destino en un primer momento sin molestarse ni en contestar a Berlín lo que sorprendió a los nazis, siempre precisos y burócratas, que ampliaron los plazos de entrega en espera de una respuesta oficial española. Y es que todo este asunto tan dramático se trató como si fuera un simple intercambio comercial de objetos inanimados y no de la vida -y muerte- de niños, mujeres, ancianos…

Franco fue terco. A pesar de los reiterados ultimátums alemanes que le advirtieron explícitamente de las “medidas extremas” de que sería objeto el colectivo judío que los nazis consideraban que podían ser enviados a España, el dictador se opuso a salvarlos. Sin embargo, y esto es impresionante, no olvidó reclamar por escrito –hallado en Londres- las propiedades y el dinero de los deportados y así se lo hizo a través de la embajada de España en Berlín ante el ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Para ello, para apoderarse del dinero y haciendas no dudo en aceptar que infortunados deportados, en aquel instante, de Bélgica, Holanda y Luxemburgo eran españoles. Pero no exigió personas, las dejó morir y reclamó su dinero.

Las pruebas documentales guardadas en Washington, Londres, Ámsterdam y algunas en España, indican que los gobiernos de Franco del periodo que nos ocupa tuvieron una política exterior antisemita en sintonía con los acuerdos secretos que firmaron España y Alemania a espaldas de los aliados. Franco consideraba peligrosos a los judíos -el argumento fue puesto por escrito y entregado a los alemanes- porque daba por supuesta su simpatía hacia los aliados a los que consideraba enemigos.

Así de claro aparece escrito en los documentos oficiales secretos de la época, procedentes del ministerio español de Asuntos Exteriores y destinados a Berlín en los que se trata de “enemigo” a las Democracias en guerra y en cambio considera amiga a Alemania. La idea es simple: “todo enemigo de Alemania lo es de España”. Y mientras, escribía estos afirmaciones en secreto el régimen español se mostraba ante el mundo “no beligerante” y “neutral” en un tiempo en el que sin disimulo las comisarías de la Gestapo operaban con todo impunidad en suelo español lo mismo que la KOSP, acrónimo de la organización de guerra nazi instalada libremente en España

El asunto de la oferta humana nazi generó un intercambio de cables, telegramas, notas verbales y otros documentos muy abundante. Para hacerse una idea de lo que trato de decir, sólo señalar que a partir de 1943 se generaron al menos una docena de documentos oficiales por día (tanto alemanes como españoles), que tenían como motivo central la suerte de los judíos. Pongo aquí como ejemplo el télex G-Scheriber, es decir, el mensaje cifrado alemán, de fecha 22 de enero de 1943, enviado desde Berlín a su embajada en Madrid que creo que permite comprender mejor el panorama de Europa que estoy intentando describir. En este caso y en el siguiente ejemplo que propongo, los nazis hablan de “judíos de nacionalidad española” aunque estos no tenían un ni un papel español y mucho menos un pasaporte español. Hablan los nazis: “(...) en los territorios ocupados de Francia, en Bélgica y Países Bajos, hay muchos judíos extranjeros a los que la administración del ocupante [la nazi] aún no ha aplicado las medidas antijudías. Este trato excepcional a los judíos extranjeros no se justifica considerando el comportamiento de estos judíos y razones de seguridad militar. Lo mismo ocurre con grupos individuales en el Reich y judíos extranjeros en el protectorado.

Por eso existe la intención de someter a todos los judíos en los territorios arriba indicados, a partir del 1 de abril de este año, a las medidas antijudías vigentes, lo cual incluye identificación, internación y a continuación expulsión. Estas medidas afectan también a cierta cantidad de judíos con nacionalidad española.

Ruego contactar con el gobierno español e instruirle sobre estas medidas planificadas. Por razones de cortesía se les informa antes de dar las instrucciones. Hasta el 31 de marzo podrán repatriar a los judíos con nacionalidad española de los antedichos territorios bajo jurisdicción alemana. Las oficinas alemanas darán los permisos necesarios de salida en cuanto tengan el visado de entrada correspondiente. Se reserva comprobación en casos individuales. Después del 31 de marzo ya no habrá trato excepcional.”

Aún me parece más clarificador el telegrama que Hans Von Moltke, embajador del III Reich en Madrid, envió al Ministerio de Exteriores en Berlín el 28 de enero de 1943 y en el que el diplomático alemán especificaba que España ya conocía los límites impuestos por los nazis respecto al rescate de los judíos para que nadie se llamase a engaño:

“Hoy se le ha comunicado al Ministerio de Asuntos Exteriores español, mediante entrega de documentación escrita, que el gobierno español tiene hasta el 31 de marzo la posibilidad de repatriar a los judíos de nacionalidad española (...) que se hallan en los territorios bajo jurisdicción alemana. A partir del 1 de abril y sin excepción, estos judíos, que hasta ahora disfrutaban un tratamiento excepcional, serán objeto de todas las medidas en vigor contra los judíos. El director de la división política del Ministerio de Asuntos Exteriores [el diplomático español, José María Doussinague] nos agradeció la información temprana, que considera una muestra de deferencia hacia España. Este director [Doussinague] dice que las instituciones españolas deberán analizar el asunto y que el Ministerio de Asuntos Exteriores transmitirá a la embajada [alemana] la postura oficial de España lo antes posible. En opinión personal del director no se permitirá a los judíos de nacionalidad española entrar a España. En este contexto pregunta si sería posible expulsar a estos judíos a terceros países, especialmente a Turquía de donde suelen ser originarios. Se le informó que, según opinión de esta embajada, esa posibilidad no existe, de modo que, o se les repatría a España o se les somete al reglamento en vigor. Les mantendremos informados. Moltke.”

Apenas dos semanas después y ante la falta de una respuesta española, el III Reich, reiteró el aviso al gobierno de Franco con un nuevo mensaje de Berlín a su embajada en Madrid pero esta vez con copia al subsecretariado del gobierno alemán. En el comunicado se refieren a “judíos españoles”, concepto que se debe interpretar como sefarditas, es decir de personas de origen español, descendientes de la expulsión ordenada por la reina Isabel la Católica en 1492, pero que es imposible que en 1943 estuvieran masivamente en posesión de documentación formal española . Dicen los nazis: “Las medidas generales contra los judíos también se amplificarán a los judíos españoles residentes en el General-Gouvernement [territorio ocupado en Polonia], en los países bálticos y en los territorios orientales ocupados a partir del 1 de abril de este año. Ruego informar el gobierno español de ello”. Así las cosas, el 22 febrero de 1943 el embajador Hans Von Moltke insistió nuevamente ante el gobierno español y dos días después (el día 24) remitió a Berlín un telegrama Geh.Ch.V., indicativo de un método secreto de cifrado, explicando el resultado de su reclamación.

“(...) el gobierno español ha decidido no permitir en ningún caso la vuelta a España a los españoles de raza judía que viven en territorios bajo jurisdicción alemana. El gobierno español cree que lo oportuno es permitir a estos judíos viajar a sus países de origen, especialmente a Turquía y Grecia. El gobierno español estaría dispuesto a conceder en algunos casos un visado de tránsito por España para judíos con visado de entrada para Portugal o EE.UU. Si no se da esta circunstancia el gobierno español abandonará los judíos de nacionalidad española a su destino. El embajador español en Berlín tiene orden de tratar este asunto con el Ministerio [alemán] de Asuntos Exteriores. Hencke respondió al director general (refiriéndose a sus explicaciones del 27 de enero en el despacho telegráfico N.º 529 del 27 de enero) que en opinión del embajador el gobierno alemán no permitirá a los judíos de nacionalidad española la salida hacia otros países. Que se había avisado al gobierno español sólo por razones de cortesía, para darle la oportunidad de repatriar a España a estos judíos antes del 31 de marzo. El director general [Doussinague] comentó que estos judíos serían probablemente más peligrosos en España que en otros países porque los agentes americanos e ingleses los captarían en seguida para utilizarlos como propagandistas contra la alianza del eje, en especial contra Alemania. Por lo demás el Sr. Doussinague no mostró mucho interés español en el asunto. Ruego nuevas órdenes. Firmado: Moltke.” (….)
Este dramático asunto que estamos tratando a través de escritos de eficaces funcionarios alemanes que hablan del destino de millones de seres humanos como si tal cosa, tiene un fondo tan profundamente desalmado que a veces hasta cuesta darse cuenta de ello. Por suerte para la historia, los aliados hallaron en Berlín, al final de la II Guerra Mundial, las respuestas españolas a dichos escritos. Son papeles que pueden parecer monótonos, dado que ya conocemos parte de su contenido por las fuentes germanas, pero no hay que olvidar que ahora los que escriben son españoles. Creo que estos documentos, leídos atentamente, colocan definitivamente al régimen español emanado de la Guerra Civil en el lugar que merece. Uno de ellos lleva el membrete de la embajada de España en Berlín y un sello del ministerio de Asuntos Exteriores español. Luego figura la referencia “D III 253 g, entrada: 25 de febrero 1943” y la palabra “Recordatorio”. Dice:

“El Ministerio de Asuntos Exteriores español ha sabido de la embajada alemana en Madrid que a partir del 31 de marzo 1943 los judíos españoles residentes en Francia, Bélgica y Países Bajos ya no disfrutarán del tratamiento especial que han tenido hasta ahora. En Alemania y los territorios ocupados hay que someterlos a las medidas generales contra los judíos si no salen del país antes de la fecha mencionada. La embajada alemana añadió que a los judíos españoles se permitiría la salida del país. La embajada española quiere saber si las autoridades alemanas están dispuestas a facilitar a los judíos el viaje a Oriente, especialmente a Turquía, de donde proviene la mayoría, suponiendo que sea posible obtener el visado de entrada. Al no ser el caso, el gobierno español les concedería un visado de tránsito para viajar a otro país de destino.

La embajada española solicita al Ministerio de Asuntos Exteriores que intervenga ante las autoridades correspondientes para explicarles que los bienes de los judíos españoles dejados atrás al salir de Francia, Bélgica y Países Bajos serán administrados por los cónsules españoles o representantes de España y que tienen que quedarse en su posesión por tratarse de bienes de súbditos españoles y por tanto ser bien nacional de España. Berlín, 25 de febrero 1943”

En respuesta a este mensaje los nazis confirmaron a España que ya nada se podía hacer por los supuestos sefarditas. El despacho de lacónica respuesta salió de Berlín hacia su embajada en Madrid el 6 de marzo 1943. Era secreto, estaba cifrado y tiene el N. º 1346 del 6.3. En él se comunicaba, para que fuera transmitido a España, que “El Ministerio de Asuntos Exteriores español ha sido informado por escrito y verbalmente de que no se puede permitir la salida de los súbditos españoles de raza judía de los territorios bajo jurisdicción alemana a sus países de origen o hacia Portugal y EE.UU.”.

Nuevamente son los propios nazis los que nos explican qué había sucedido. En este sentido es revelador el resumen que hizo Eberhard von Thadden, enlace entre Von Ribbentrop (ministro de Exteriores) y Adolf Eichmann (responsable de Deportaciones), para su embajada en Madrid. El escrito es de 27 de diciembre de 1943:

“El gobierno español insistió durante las negociaciones que hubo entre 1942 y febrero 1943 en que no estaba interesado en los judíos españoles. Más tarde se autorizó [por parte alemana] la repatriación de todos los judíos españoles. Repetidas veces, España no cumplió el plazo acordado para su regreso. (...) A pesar de ello y por precaución, la expulsión de los judíos españoles no comenzó hasta el 16 de noviembre. Por favor, explique inequívocamente la situación al gobierno español y recalque que el gobierno del Reich ha hecho todo lo posible para resolver el problema amigablemente y evitar dificultades. Lo hicimos teniendo en consideración la nacionalidad española [de los judíos] a pesar de que se puede dar por supuesto que todos los judíos tienen una actitud antialemana”.

Decenas de documentos nazis como los expuestos muestran la complicidad de Franco ocultada a los españoles y al mundo para luego contar una versión distinta de los hechos. Sin embargo, es preciso recordar que mientras se producían las deportaciones unos horrorizados diplomáticos españoles actuaron por su cuenta contra las órdenes de Madrid y lograron salvar a unos miles de personas. Sólo cuando la guerra mundial cambió de curso y los aliados presionaron duramente a Franco, éste se apropió de los actos heroicos de sus embajadores para ganarse la benevolencia de los vencedores de la II Guerra Mundial. ¿Los engañó? En los archivos de los países Aliados están estos datos que sin duda conocieron los respectivos servicios secretos y que revelan una realidad por la que Franco no pagó. Creo que es menester reflexionar sobre ello y valorar si fue justo mantenerlo oculto sólo por el temor a que un derrocamiento del régimen franquista pudiera dar paso a un gobierno socialista en España que tal vez, y sólo tal vez, se hubiera aproximado a la URSS de Stalin.

LOS ALIADOS. UN DETALLE ILUSTRATIVO SOBRE SU CONOCIMIENTO DEL HOLOCAUSTO:

15 de junio de 1944. Mensaje secreto de sir Harold MacMichael, alto Comisionado Británico para el protectorado de Palestina, a Anthony Eden entonces ministro de AA.EE. del Reino Unido con motivo de una negociación secreta con los nazis en contra de la URSS que finalmente no se llevaría a cabo. En el mensaje de Sir Harold dice entre otras consideraciones: "Los nazis tienen la esperanza de obtener alguna gracia ante los ojos aliados por el hecho de no matar ahora a dos millones de judíos pues creen que ayudará a olvidar que ya han matado a seis millones de judíos". La II Guerra Mundial no terminó en Europa hasta el 9/10 de mayo de 1945 y el último campo de exterminio (Mauthausen-Gusen) no se liberó hasta el 5 de mayo de aquel año. Es decir, formalmente, el Holocausto no se conoció hasta mucho después de emitido el revelador telegrama que contabiliza en 1944 el número de judíos asesinados.

El precedente 

EL NAZISMO Y SU IMPLICACIÓN EN EL GOLPE DE 1936 

Hitler ofreció a Franco toda la ayuda necesaria durante la guerra civil española pero antes promovió el golpe de estado. El hallazgo de documentos desconocidos relativos a las actividades clandestinas del partido nazi en España antes de julio de 1936 ofrece una nueva visión del alzamiento militar que desembocó en el fratricidio bélico. Los movimientos conspiradores de los líderes nazis en nuestro país, principalmente de su misterioso y discretísimo jefe supremo en España, Hans Hellermann, demuestran que Berlín estuvo detrás de un golpe de estado contra la II República imprescindible para una Alemania que empezaba a construir el puzzle del III Reich.      

Aunque Hans Hellermann, un joven nazi enviado por Himmler e instalado en Barcelona desde 1934 se perfila como el impulsor final de la sublevación contra la República de 17 y 18 de julio de 1936, esta pieza tan oscura de la reciente historia de España comienza en Lisboa en 1930. Aquel año se instaló en la capital portuguesa el primer comisionado del nazismo para la Península Ibérica, un tal Friedhelm Burbach, enviado de Hitler. Sus instrucciones: aglutinar a los alemanes residentes de España y Portugal entorno al nuevo ideario nazi y buscar amigos y alianzas con los simpatizantes de la nueva Alemania y entre los anticomunistas y católicos de cualquier color político. Tras Burbach, los alemanes tejieron una red cada vez más amplia que acabaría extendiéndose por toda la Península. De este modo en primavera de 1933, Walter Zuchristian, un empleado de la empresa Siemens en Madrid, fue nombrado jefe del partido nazi en España.

Desde Berlín apretaban a Burbach en busca de resultados que mostraran claramente una España cada vez más proclive al ideario nazi y Burbach transmitía esta inquietud a su subordinado en Madrid, Zuchristian.  El 12 de junio de 1933 –tres años antes del Alzamiento- el nazi Zuchristian dirigió una carta a Burbach que ya mostraba inquietantes planes de futuro: “Estamos esperando nuestra oportunidad. Por ahora nos mantenemos quietos, preparando todo para estar en condiciones de obrar cuando la oportunidad se presente. Todo parece indicar que el pueblo está cansado del régimen de izquierda y va a sacudirlo pronto. No se desespere, nuestras “Ogs” (secciones locales nazis por toda España) están listas para cuando llegue ese momento”

Lo cierto es que la ocasión soñada los nazis pudo llegar después de las elecciones de noviembre de 1933 cuando la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), dirigida por José M. Gil Robles, se erigió en el partido con más diputados en el Congreso. Fue entonces cuando Zuchristian giró una circular a los grupos locales de su partido para ordenar el establecimiento de conexiones con los elementos más extremistas de la CEDA y Gil Robles fue invitado al congreso nazi de Nuremberg. Los nazis estaban complacidos por la buena sintonía de la CEDA con militares como Goded o Franco, que contaron con las simpatías de los nacionalsocialistas alemanes después de la brutal represión a que sometieron los mineros asturianos en octubre de 1934. El día 18 de aquél mes, Zuchristian anotó: “Han sido reprimidos en la forma debida” y, en alusión al presidente de la República, Manuel Azaña, dejó escrito: “¡Este agitador ha recibido su merecido!”.  Entonces, la presencia nazi creció sin parar ante la satisfacción de  la sección extranjera del partido alemán: en noviembre de 1934 tenían 22 oficinas de representación y en 1936, poco antes de la sublevación, ya eran 163 por toda España.   

Sin embargo, Zuchristian resultó muy blando para los intereses bélicos alemanes así que le llamaron a Berlín -para no regresar nunca más a España- y en su lugar colocaron a Eric Schnaus, un agente de la Gestapo que debía reorganizar el nazismo asentado en suelo español. Mientras tanto, en Barcelona y desde 1934 un joven nazi, Hans Hellermann, enviado personalmente por Himmler y que gozaba de autonomía propia, realizaba una profunda actividad pro nazi en la clandestinidad que le proporcionaba una falsa empresa de importación y exportación ubicada en la calle Aviñón.   

Pero el 8 de enero de 1936, a seis semanas de unas nuevas elecciones en España que darían la victoria a los partidos de izquierda, Schnaus, se olió el resultado y ordenó a todas las secciones locales tomar las máximas precauciones: “Las condiciones que ahora prevalecen en Madrid nos hacen pensar que sería conveniente tomar medidas de precaución y ser extraordinariamente cuidadosos durante las próximas semanas. En consecuencia, me permito rogarle que ponga en lugar seguro todos los papeles que no necesite para su trabajo diario, preferentemente aquellos empaquetados y sellados en el Consulado Alemán. En el caso que sea necesario suspender toda correspondencia recibirá un telegrama diciendo ‘Contrato firmado. Juan’, de manera que al recibirlo debe usted suspender toda comunicación hasta nueva orden. Al mismo tiempo ponga en lugar seguro todos los papeles y material que tenga, cambiándolos de su domicilio o del lugar en que actualmente se encuentre. Esta carta deberá ser destruida inmediatamente. Con mis saludos de camarada. ¡Heil Hitler!”. Por suerte, aunque las copias ‘españolas’ del mensaje anterior fueron destruidas tal como se ordenaba en el mismo, hemos podido encontrar la copia enviada a Berlín que es la que reproducimos.  

Dos días después de la victoria del Frente Popular del 16 de febrero de 1936, el jefe nazi Schnaus mandó “suspender toda comunicación con las oficinas del Partido, dentro y fuera de España”.     

El 27 de marzo, Schnaus, convencido que la conspiración contra la República podía estar cerca y triunfar, se dirigió a la dirección de la Gestapo en Berlín donde prometió “poner las secciones de España listas para atacar”. Desde Alemania se mandó acelerar los contactos con los sectores políticos y militares contrarios al gobierno de Madrid. A partir de aquél momento, los futuros protagonistas del alzamiento serían mencionados en la comunicaciones secretas como “clientes”. Schnaus dio la orden en toda España, utilizando argot comercial como clave secreta: “La alteración de nuestras costumbres no debe significar en ningún caso una reducción de nuestras actividades. Por el contrario, la transformación debe dar por resultado un incremento de los negocios que haga más rápido el servicio a nuestros clientes. Los informes sobre nuestros competidores demuestran que sus directores se encuentran divididos respecto del nuevo método de manufactura. Tenemos que contar con el hecho que la ampliación de los negocios de nuestros competidores conducirá a la estrechez de su situación financiera y las acciones de sus empresas en la Bolsa, no estarán en posición de mantener el terreno ganado. Por esta razón tiene especial interés para nosotros mandar instrucciones adecuadas a nuestros agentes y a nuestros clientes con el fin que estén preparados a hacer frente a cualquier situación”.  

Y entonces entró en juego el hábil Hellermann.  Para intensificar “el servicio a nuestros clientes”, Schnaus confió la operación en este nazi enérgico y comprometido con el partido que ya estaba en Barcelona. “El miembro del Partido, Hellermann, ha podido, en menos de dos años, reunir de nuevo a toda la colonia en Barcelona que se encontraba dividida en tendencias diversas, y salvaguardar así la supremacía del Partido. Al mismo tiempo ha probado en esta forma su capacidad de mando. Hellermann es un viejo miembro del Partido y ha sido el líder de las tropas de asalto. Su entrenamiento ha sido extraordinariamente útil en la sección local de Barcelona”, escribió Schnaus a sus superiores.

A los 26 años, Hellermann, soltero, metro setenta y seis centímetros de estatura y ojos azules, según leemos en su ficha política hallada en Berlín, tenía ante sí el gran reto de su vida. Desde su cargo de jefe local en la ciudad, Hellermann había intensificado las siniestras actividades del llamado Servicio de Control Portuario, denominación ambigua que escondía las siniestras actividades de una policía secreta nazi que secuestraba compatriotas o judíos en España y en su caso los “juzgaba” y asesinaba. Al mismo tiempo, Hellermann había realizado buenos contactos con militares y falangistas (clientes) cuya identificación no aparece en los documentos desclasificados hallados hasta ahora.  

El 4 de abril de 1936 Schnaus expresó a la Organización Extranjera del partido la necesidad que el cuartel general se trasladase de Madrid a Barcelona “porque dada la actitud de los separatistas catalanes, éstos no podrían obstáculos a la labor nazi contra Madrid”. Evidentemente Schnaus erraba en su observación ya que durante la guerra civil y posteriormente durante la guerra mundial, los partidos catalanistas –salvo excepciones personales- actuaron con firmeza contra Franco y también contra el nazismo posicionándose a favor de las potencias aliadas.   

Dos días después, Schnaus nombró Hellermann como su sucesor en el cargo de Landesgruppenleiter o jefe del partido y Berlín ratificó el nombramiento. Hellermann acató la decisión con entusiasmo: “La gente dotada de un espíritu normal de lucha reacciona con doble energía frente a las prohibiciones y dificultades”. Según una investigación de la OSS elaborada en diciembre de 1945 con datos hallados en Berlín, “ayudó a organizar la Gestapo, la Falange y el alzamiento de Franco en España” y fue el hombre de enlace entre el partido nazi en Alemania y los fascistas en España. De este modo, la Barcelona republicana, autonómica y antifascista albergaría en los albores de la guerra civil y sin que nunca llegara a ser descubierto, el centro de agitación pro nazi más importante de España.    

Con este activo nazi al frente, el golpe contra la República se aceleró. El 24 de abril del 36 Hans Hellermann viajó urgentemente a Berlín bajo el pretexto de llevar “documentos y sacas oficiales de la embajada”. Una vez en Alemania se entrevistó con Heinrich Himmler, jefe supremo de la policía alemana, de quién recibió instrucciones concretas: ayudar a los militares pro fascistas a poner fin a la República española.  

La cumbre nazi en Barcelona  

De vuelta a Barcelona, Hellermann ordenó a los principales jefes nazis de las secciones locales de España a visitarle con el fin de trasmitirles las órdenes de Berlín. Para ello les envió el siguiente mensaje en clave: “La llegada de la estación de verano representa para usted también el problema de completar sus existencias. El señor Hellermann, que acaba de regresar de un viaje a Alemania, trae ofertas de toda clase, en las que usted seguramente estará interesado. Como sólo tenemos unas cuantas muestras del nuevo surtido de mercancías que representamos en esta agencia, le estaremos muy agradecidos si se sirve venir a visitarnos. En espera de su respuesta, quedamos a su disposición. Con camaradería alemana. ¡Heil Hitler!”    

Como resultado a la “invitación”, entre el 15 y el 20 de mayo de 1936, Hellermann se reunió con los 32 líderes más importantes de todos los grupos locales nazis de España  y les dio las instrucciones que traía de Berlín.  Por su parte, Friedhelm Burbach, comisionado nazi para España y Portugal, después de una reunión en el cuartel general de la AO (departamento del partido en el extranjero) en Berlín, anunció a Hellermann que estuviese en el aeropuerto del Prat el 23 de mayo. La visita a la capital catalana del jerarca nazi llegado de Alemania la desvela un escueto y misterioso documento hallado en las oficinas de la empresa tapadera que Hellermann tenía en la calle Aviñón de Barcelona y que dice: “Los combatientes deberán reportarse el 25 de junio. Lista completa de los emigrantes para el 25 de junio. Comprobar si las claves están allí. Lista de material de propaganda. Planeadores”.   

En aquel  momento, sólo los líderes de las secciones locales conocían la situación y podían descifrar el contenido prebélico del mensaje. Los documentos consultados en Holanda, Alemania y Estados Unidos constatan que durante las semanas previas al alzamiento hubo frecuentes encuentros de estos nazis con falangistas y carlistas en varias ciudades españolas. De hecho, dos mil quinientos hombres, perfectamente disciplinados, estaban listos para el día de la rebelión según se desprende de documentación encontrada en la falsa empresa de Hellermann de Barcelona y archivada en Ámsterdam.   

Más concretamente, Hans Hellermann contaba con la amistad de un ingeniero del Ministerio de Aviación, que le puso en contacto con los jefes militares de la ciudad. También tenía la complicidad de otro nazi establecido en Barcelona, Schubert, ingeniero diplomado, jefe del grupo de aviación del Frente del Trabajo Alemán, que impartió cursos a los fascistas españoles. Otros nombres que aparecen en los documentos guardados en Holanda son Conrad Heerdt, “capitán del Casco de Acero en Barcelona, casado con la hija de un general español”; Albrecht von Koss, “teniente de artillería y jefe del Casco de Acero en Madrid” y Wolfgang Ziegler, “jefe de punto de apoyo del Partido en Marruecos, uno de los agentes más peligrosos de Hitler, que dirigió la labor subversiva en las colonias francesas de África del Norte”.   

Pero el contacto clave de Hellermann fue Luis López Varela, capitán de la quinta batería del regimiento de artillería Regimiento de Artillería de Montaña nº 1, de guarnición en Barcelona, cerca del puerto.    

Hombre de confianza del general Mola, López Varela fue uno de los cabecillas de la Unión Militar Española (UME) en Cataluña. La UME era una organización clandestina del ejército español creada a principios de 1934 que adquirió mayor fuerza después de las elecciones de febrero de 1936 cuando se enrolaron en ella muchos generales antirrepublicanos como Mola, Franco, Goded o Fanjul. La UME y la Falange planearon posicionarse contra la República y no dudaron en firmar un documento en que se comprometían a secundar un alzamiento militar. El 18 de mayo de 1936 la UME en Barcelona acordó constituirse como “Junta Militar de Defensa Nacional” ante “los gravísimos y acuciantes momentos que requieren imperiosamente la enérgica intervención del brazo armado de la patria para salvarla de su ruina infalible”. En el mismo documento se estipulaba la designación como nuevo jefe del Estado “en el más insigne y heroico soldado D. José Sanjurjo” así como “la creación de tribunales de honor por regiones que funcionarán sin descanso hasta la total purificación del Ejército”; “la expulsión de los judíos de España”; “la expulsión y confinamiento de todos los masones y de cuantos pertenezcan a otras sectas internacionales” y “la disolución de todos los partidos políticos y organizaciones anarcosindicalistas y marxistas, yendo en seguida a la organización del Estado como pide la entraña nacional sin buscar nada exótico”. Sin duda, los nazis inspiraban y convergían con el espíritu ideológico de los Franco, Mola, Sanjurjo, Goded y compañía.  

Hans Hellermann, que aquél 18 de mayo seguía reunido con los jefes nazis de todas las oficinas de España, estaba complacido con la actitud de los militares fascistas. Sus entrevistas con López Varela, con quién compartió sus planes conspiradores, habían hecho efecto. Según narra en un libro Manuel Domínguez Benavides, comisario de la flota republicana durante la guerra, López Varela y Hellermann se entrevistaron pocos días antes del alzamiento en el domicilio de Antón Leister, “una de tantas entrevistas como las que en aquella primavera celebró el capitán con los agentes de Hitler”, escribe Benavides, que también desvela encuentros entre López Varela y Alfred Engling, agente de la Gestapo y oficialmente director del Servicio de Control Portuario, en locales tan ambiguos como el cabaret La Criolla, en el “barrio chino” barcelonés. El levantamiento fracasó, precisamente en Barcelona.    

Cuando en agosto de 1936 Luis López Varela y otros miembros de la UME en Barcelona fueron sometidos a un consejo de guerra y fusilados por rebeldía se les acusó, entre otros delitos, de promover una “intensa y subrepticia propaganda por medio de folletos, periódicos y hojas volantes”. Se trataba de propaganda antimasónica, anticatalanista y anticomunista, muy probablemente, por lo que ahora sabemos, instigada u obra directa de Hellermann.  
La ayuda llega de Bayreuth

Si Hellermann había auspiciado el ruido de sables en España desde Barcelona, en el norte de África, Franco contó con la colaboración de Johannes Bernhardt, jefe local del partido nazi en Tetuán, que conoció al general en 1935 y Adolf Langenheim, jefe del partido nazi en Marruecos, también conocido de Franco por las mismas fechas. Ambos nazis hicieron de correa de transmisión para que un mensaje del Caudillo, en el que pedía ayuda para sus planes de guerra contra la República, fuera atendido por Adolf Hitler el 22 de julio de 1936 durante el transcurso del Festival de Bayreuth en honor al compositor Richard Wagner.  

Inmediatamente se crearon las sociedades tapadera del nazismo en España, Hisma (Hispano-Marroquí) y Sofindus, con Hermann Göering como artífice por orden directa de Hitler. Según un detallado documento desclasificado por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos que encontraron en las oficinas de la Auslandsorganisation de Berlín, el 2 de agosto llegó a Sevilla el primer avión de transporte y, en cortos intervalos, 24 máquinas más, así como el transporte de tropas desde Tetuán a Jerez de la Frontera y Sevilla a través de cuatro vuelos diarios de cada avión, con 25 ó 30 soldados completamente equipados por vuelo. “El aeródromo de Tetuán está preparado para este cometido especial. Se prepara alojamiento para 100 aviadores y tropas”, señala el documento. Tres días más tarde, Bernhardt salió para Sevilla con una pequeña plantilla de colaboradores. Y el 7 de agosto se requisó el Hotel Cristina de la capital andaluza desde donde los alemanes tiraron “líneas de teléfono hasta el cuartel general del general Franco y el del general Queipo” Finalmente, el 8 de agosto, la ayuda de Hitler se incrementó con una plantilla de trabajadores “que pone sus servicios a nuestra disposición para trabajar en las siguientes tareas: Iniciación de vigilancia, supervisión de vuelos; sala de radio de protección de vuelos; suministro de combustible, preparar camiones cisterna, gasolina y surtidores; preparación de dependencias; mantenimiento; realización de compras; transporte de vuelta de personal auxiliar; supervisión de servicios de hospital; teléfono y servicio de noticias; supervisión de llegada de transportes; establecimiento de servicio de autobús; establecimiento de almacén de piezas de recambio y registro de las mismas; labores de taller; depósito de almacén de municiones; labores administrativas, de secretaría y contabilidad; establecimiento de oficina de pasaportes (certificados Hisma) y acreditación de barcos de entrada y salida”.

Si la ayuda alemana durante la guerra sería decisiva en el triunfo final de Franco, cabe recordar que el alzamiento militar fue inicialmente sofocado en Barcelona el julio de 1936. Hans Hellermann, buscado por las milicias populares y por la policía de la Generalitat, huyó a Alemania donde fue recibido personalmente por Hitler. Pero en Cataluña dejó cartas y documentos que setenta años después le comprometen ante la Historia.

Luego, de enero a septiembre de 1942 Hellermann residió en Ciudad de México donde propagó la ideología nazi en estrecha conexión con falangistas españoles. Según otro documento desclasificado por los servicios secretos de Estados Unidos, en este tiempo “estaba considerado el numero uno nazi en México y era descrito como el jefe de todas las organizaciones nazis en este país y agente de la Gestapo”. Apoyó a los falangistas españoles Pablo Antonio Cadra, Juan Carlos Goyoeneche y Augusto Ibáñez Serrano, representante no oficial de Franco en México. En 1943 volvió a Berlín donde ocupó varios cargos en la Auslandsorganisation bajo las órdenes de Ernst Wilhelm Bohle. En la correspondencia hallada de ésta época se comprueba que mantuvo contacto con Walter Bartoleit, jefe del partido nazi en Barcelona durante la II Guerra Mundial. Después de la derrota alemana, evadió la justicia aliada y según los servicios secretos norteamericanos Hans Hellermann pudo huir a Argentina.

Pero antes de perderle la pista en Argentina los nacionales ganaron la guerra y el poder en España con el respaldo de Berlín. Y Alemania lo celebró. Como dijo Rudolph Hess el 20 de octubre de 1936 en Nuremberg: “Todo el interés de Alemania estaba en un Alcázar”.

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